Aero Latam Chile

En Dornier 228 a través de América

Un vuelo desde Noruega hasta Chile llevando un Dornier 228 a través de todo tipo de climas y escenarios le demostró a la empresa chilena Corpflite la confiabilidad y versatilidad del avión.

Por Santiago Rivas

En el año 2011, la empresa chilena Corpflite había decidido sumar un Dornier 228 a su flota con la cual principalmente brinda servicios a empresas mineras en el difícil terreno de la Cordillera de los Andes. Tras buscar en el mercado, encontraron un avión disponible en Noruega, perteneciente a la empresa Lufttransport, el cual se encontraba en el norte de dicho país. Germán Ribba, titular de Corpflite y piloto, entendió rápidamente que, para poder llevar el avión a Chile, debían atravesar una amplia región muy fría y operar en aeropuertos con hielo, por lo que necesitaban instrucción para poder hacer ese tipo de operaciones. “En Chile se había generado un mito en torno a los aviones de fuselaje cuadrado, de que eran muy malos para la nieve y el hielo, después de un accidente que ocurrió años atrás un avión CASA que se perdió. Yo siempre discutía con Ricardo Schäfer (piloto de la empresa) que me decía que era malo para la nieve y yo le decía que no podía ser tan malo si los noruegos lo operaban tan cerca del Polo Norte. Le dije ‘Tenemos que ir con los ojos bien abiertos a aprender y una vez que aprendamos aplicamos’. El avión es estupendo para la nieve y está claro porque si no, no estaría tan al norte” explica Ribba.

Así, Ribba y Schäfer gestionaron con Lufttransport que les convaliden las licencias de pilotos chilenas en Noruega y les den un período de instrucción en operaciones en hielo desde el aeropuerto de Kirkenes, en el extremo nordeste de Noruega, junto a la frontera con Rusia. “Cuando empezamos a operar, los primeros patinazos fueron en plataforma, practicando para estacionarnos, para saber cómo se comportaba, es puro diferencial de potencia con los motores, los frenos no los tocas. Hay que balancear mucho, aprendimos y volamos” cuenta Ribba y agrega que durante esos vuelos llegaron a estar a 28 kilómetros del Polo Norte. “Ricardo Schäfer sí tenía experiencia en el avión, pero ninguno tenía mucha experiencia en nieve” agrega.

Una vez terminada la instrucción, luego de dos meses, se prepararon para iniciar el vuelo hasta Chile, partiendo Kirkenes, con la asistencia desde Chile de Kenneth Fell, gerente de operaciones de la empresa. “Hicimos instrucción y tuvimos que rendir examen ante la entidad aeronáutica noruega para poder venirnos con el avión y poder volar seguros” cuenta Ribba.

La planificación del vuelo fue bastante meticulosa, debido al clima extremo de la zona donde estaban, a pesar de que era verano, y los largos tramos sobre el Océano Atlántico. “Kenneth nos estaba asistiendo desde Chile con todos los tramites, nosotros estábamos haciendo la base de planificación, asistidos con un equipo meteorológico, con un meteorólogo, todas las noches conversábamos y hacíamos revisiones de las rutas a seguir, las alternativas, todo”.

La ruta que hicieron comenzó con una escala en Batsfjord, desde donde volaron Tromso y luego a Bergen, para iniciar el cruce del Atlántico Norte. Desde allí volaron a las islas Faroe Islands y siguieron a Reykjavik en Islandia. A continuación, volaron a Groenlandia, aterrizando primero en Kulusuk y desde allí cruzando toda la isla hasta el aeropuerto de Sondrestrom, una vieja base aérea estadounidense. Desde ese punto cruzaron a Canadá, recalando en Iqaluit, en la isla de Nunavut, en el extremo norte del país, desde donde pusieron rumbo sur y, tras una escala en Wabush siguieron a Montreal. Desde allí ya pasaron a volar sobre áreas más pobladas y con un clima menos agreste, aterrizando en Albany y luego en Jacksonville, en Estados Unidos. En esa última etapa, cruzando todo el país de norte a sur, Ribba recuerda que volaron “casi 7 horas a 21000 pies con oxígeno, no queríamos seguir parando, había demasiado tráfico, el piloto no hablaba prácticamente inglés, así que yo me tenía que hacer cargo de las comunicaciones. Ahí teníamos que hacer una inspección de motores por horas”. En ese punto los sorprendió un huracá, lo cual los demoró una semana a la fecha prevista. Posteriormente siguieron a Grand Cayman, Panamá, Manta (Ecuador), Trujillo, Arica y finalmente Santiago de Chile.

“La parte más compleja fue la circunnavegación del círculo polar Ártico” cuenta Ribba y agrega: “Usábamos traje antiexposición. Teníamos una serie de restricciones impuestas por la autoridad aeronáutica. Groenlandia no te autoriza la salida de la costa este al oeste si no estás en el horario de cobertura de salvataje de los tres puntos de salvataje donde hay de helicópteros. La sobrevida en Groenlandia a 40 grados bajo cero son 35 minutos. Tienes que volar con traje antiexposición”.

Debido a esto, cuando llegaron a Kulusuk, a pesar de estar en pleno día polar, en el que no se pone el sol, se tuvieron que quedar a dormir “porque no alcanzábamos a cruzar dentro de los horarios, porque llegaron unos aviones islandeses que llevaban víveres a este poblado de puros esquimales, 180 habitantes. El pueblo es un espectáculo, una tremenda experiencia de vida. Hay solamente dos daneses y el resto son todos esquimales. Llegan estos aviones y por un tema de tiempo a nosotros nos tiraron a la cola por combustible y nos empezaron a retrasar y retrasar hasta que ya no teníamos tiempo para cruzar a Sondrestrom. En Kulusuk no hay donde alojarse, nos prestaron una bodega de alimentos y nos prestaron gentilmente un hervidor y un tarro de café”. Ribba agrega que esa mañana habían comido pan y manzanas y eso fue lo único que tuvieron para comer en esos dos días, “tomamos café con el termo y tuvimos que salir a caminar cuatro veces durante la noche porque no aguantábamos el frio. Había una calefacción, unos tubos de un sistema de calefacción, pero afuera había 42 grados bajo cero, era imposible poder mantener la temperatura, salías, te sacabas el gorro y se te congelaba el pelo afuera” recuerda y agrega: “Afortunadamente el avión se comportó increíble, es muy confiable y seguro”.

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